“Una vida no basta para olvidar”

Escrito por Arena en mayo 6th, 2013
Toda una vida. Ese era el tiempo que había pasado desde que Juan abandonó su tierra. Como otros tantos, durante la dictadura su familia buscó un lugar mejor en el que vivir. Él era tan pequeño que sólo recuerda la calidez de la brisa marina, la arena de la playa entre sus dedos, y la música que justo cuando arrancaba el verano se escuchaba en la plaza. Habían pasado 50 años desde la última vez que pisó el Postiguet, y Juan se moría de ganas.
Durante meses calculó todos los lugares que visitaría: el castillo, el casco antiguo, el paseo de Canalejas… Y todos, uno a uno, se los describía a su mujer con la ayuda de las imágenes encontradas en internet adornadas con los pobres recuerdos de su infancia.
Pero sin duda, lo que más ansiaba Juan era encontrarse junto a uno de las monumentos que cada mes de junio inundaban las calles con motivo de la celebración de les Fogueres. Poco o nada tenían que ver sus recuerdos con los vídeos y fotografías que había visto durante los últimos años, y mucho menos con las historias que había escuchado de sus padres y abuelos.
Tan desesperado estaba por llegar a Alicante, que la mañana del viaje casi no dejó dormir a su mujer. Ya en el aeropuerto le temblaban las piernas. Le quedaban muchas horas de avión e incluso algunas de tren, pero ya estaba nervioso. Repasaba en su mente el plan una y otra vez.
– Al llegar a Madrid, tengo que llamar a María – le dijo a Estela una vez más.
No había pegado ojo durante el vuelo, ni en el tren. Tampoco tenía calor y eso que el termómetro superaba los 30 grados cuando pisaron suelo alicantino. Tal era el estado de nervios que ni siquiera se dio cuenta de que la estación era una olla a presión con cientos de personas que caminaban de un lado a otro. Muchas llegaban de diferentes rincones del país en busca de
sol, playas y , por qué no, Fogueres. E incluso algunos, como ellos, volvían a casa después de mucho tiempo. Pero sin duda, Juan se sentía especial.
– Vamos – le dijo Estela-. Vamos ¿no querrás quedarte aquí?.
Al avanzar por el andén pudo reconocer a lo lejos a su prima. Internet se lo había puesto fácil y aunque sus respectivos padres no volvieron a verse nunca, con la llegada del nuevo siglo ellos habían podido reencontrarse gracias a las redes sociales y las videollamadas.
– Me parece increíble que estéis aquí- dijo María mientras abrazaba a Juan y le susurraba un “bienvenido a casa” al oído.- ¿Cómo ha ido el viaje?¿Estáis cansados?.
Todo eran preguntas pero Juan estaba en estado de shock. Se dirigían hacía la puerta de la estación cuando un gran estruendo resonó en el hall. Sin duda aquella era la mejor bienvenida que podía tener. Con la emoción no se había dado cuenta de la hora. Eran las dos de la tarde. Nada más salir a la calle lo reconoció. Había pasado medio siglo, pero aquel aroma no se le había olvidado. Se quedó quieto, miró a Estela y le dijo mientras los ojos se le inundaban de lágrimas:
– Ahora sí. Ahora ya estoy en casa.
Sólo unas calles separaban la estación de casa de María. Ella se había quedado en su barrio de siempre, y por las fotos que le había mandado la plaza seguía igual que cuando su familia emigró. Era el punto de reunión de pequeños y mayores, y por lo que contaba cada año, la plaza era también el lugar escogido para plantar el monumento fogueril. Así que en sólo un instante se encontró ante él. Era enorme mediría al menos 15 metros de alto y otros tantos de ancho, y tenía la sensación de que todos y cada uno de los ninots le hablaban. No pudo esperar. Dejó a su prima con la palabra en la boca y las maletas a su cuidado y corrió hacia la hoguera cogido de la mano de Estela.
– ¿Dónde vas? ¡Juan que no tenemos 15 años!- gritó.
Pero eso a él le daba igual. Tenía la ilusión del que siente estar cumpliendo un sueño. Y realmente era así. Le dieron al menos 3 vueltas a la hoguera antes de subir a casa, pero Juan nunca tenía bastante. En cada una le mostraba algo diferente a Estela: el color, el brillo, el modelado, la crítica… había cambiado todo tanto en cincuenta años.
No pudo luchar contra el avance del tiempo. Durante cuatro días había recorrido calles, fotografiado monumentos, disfrutado de la ofrenda de flores a la Virgen del Remedio, y paseado por la Explanada saboreando un helado del Peret mientras caminaba en busca de la hoguera flotante. Ahora que todo eso ya era historia, sólo podía pensar que habría detenido cada minuto el reloj para multiplicarlo por cuatro y así poder grabarlo a fuego en su mente. Cerró los ojos una vez más, y se vio algo más joven. La arena del Postiguet también se escapaba entre sus dedos, pero estaba sólo. Los volvió a abrir y miró al cielo. La gran palmera iluminaba la ciudad, y fue entonces, bajo la atenta mirada de la cara del moro y cobijado por la luz de la nit de Sant Joan, cuando miró a Estela y sólo pudo decirle:
- Prométeme que no tardaré otra vida en volver.
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