Niños para toda la vida

Escrito por Arena en mayo 13th, 2014

Una llamada de teléfono bastó para que volviera a Alicante en Hogueras después de más de diez años. En mi mente resonaba una y otra vez su cálida voz invitándome a compartir con él las fiestas y sólo con recordarla mi corazón latía a mil por hora. Durante el viaje mi cuerpo era una olla a presión: las manos me sudaban, las piernas me temblaban y mi pecho parecía estallar. Cuando finalmente llegué a mi destino pegué un vistazo a mi alrededor. Ansiaba verle salir de su portal, por alguna esquina, o encontrarle sentado en la plaza, pero no apareció. Sofocada por el calor y los nervios me dirigí a la portería. Antes de entrar eché un último vistazo, nada.

Abrí las ventanas de mi vieja habitación. ¡La de noches de verano que había estado en aquel lugar mientras mirábamos las estrellas frente a frente! Un sólo gesto bastaba para enviarnos un mensaje, incluso inventamos un lenguaje para comunicarnos. Respiré profundamente, cruce las muñecas sobre mi boca como hacía entonces para decirle te quiero y cerré los ojos con fuerza deseando que al abrirlos estuviera allí. Conté hasta tres, nada. A lo lejos comenzó a sonar una melodía que cada vez se escuchaba más fuerte, cada vez la sentía más cerca. Se me erizó la piel al reconocerla: el himno de las Hogueras. Hacía tanto… no tenía tiempo que perder, así que fui al armario en el que mi abuela guardaba las mantillas para ir a ver a “Nuestra Madre”, como ella decía. Al abrir sus puertas aún pude olerla. Su esencia permanecía guardada allí después de tanto tiempo, entre mantillas, enaguas y faldas.

- Mírala a los ojos con sinceridad y te ayudará a llegar donde te propongas. Pídeselo a ella. Todo lo que quieras. Si se lo dices con amor, te escuchará. Es la madre de todos y también la tuya. – Un escalofrío recorrió mi cuerpo. La sentí como si estuviera allí mismo, observándome desde la puerta.

Comencé el ritual de vestirme. Preparé todo sobre la cama y me senté para colocarme los calcetines. Al levantar la vista mis ojos se clavaron en una fotografía. Me había olvidado de aquella imagen. Fue el último año que estuvimos todos juntos. Mi abuela, orgullosa y sonriente, estaba en el centro y alrededor todos sus hijos y nietos, preparados para visitar a la virgen, como cada año desde que yo tenía uso de razón. Desde entonces, una y otra vez me había propuesto volver, pero mis ataduras lo habían impedido.

Acabé de vestirme: pololos, enaguas, falda, corpiño… Ya estaba casi lista, faltaba el aderezo y la mantilla. Volví a sentarme frente al espejo y con mucho cuidado tomé el encaje para colocarlo sobre mi cabeza. De pronto, una suave brisa entró por la ventana y entonces la vi reflejada junto a mí. Parecía tan presente. Se movía a mi alrededor colocando, con todo el mimo del mundo, las horquillas y los alfileres para que todo estuviera perfecto. Al acabar la escuché de nuevo: “Recuerda que los deseos se cumplen si se piden a sus pies”. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Ahora sí, ya estaba lista para reencontrarme con el pasado.

Cuando llegué a la plaza de los Luceros cientos de personas iban y venían de un lado a otro. Banderines, bandas de música, collas, foguerers, bellezas y damas formaban un auténtico caos y sólo yo parecía estar perdida. Mis ojos giraban en círculo intentando dar con él, pero mis nervios y el agobio ante la situación me impedían centrarme. Entonces una cálida voz me susurró al oído: “No piensas darme un abrazo”. La reconocí de inmediato y me dio un vuelco el corazón. El tiempo se detuvo para mí. Tantos años pensando que le diría cuando volviera a verle y ahora que estaba pegado a mi espalda un nudo en la garganta me impedía hablar. No sentía a nadie a mi alrededor, como si sólo estuviéramos él y yo. Lentamente me dí la vuelta. Nos miramos como si los años no hubieran pasado para nosotros y el brillo de nuestros ojos se hizo más que evidente. No podíamos hablar. Me acarició la mejilla provocando que mi cuerpo se convirtiera en un volcán y nos fundimos en un abrazo eterno que me llevó al pasado. De pronto me vi sentada entre sus piernas, recostada sobre su hombro, con sus brazos rodeándome por la cintura mientras nos besábamos y yo jugueteaba a entrelazar sus dedos con los míos. Aquella imagen había vuelto más de una vez a mi memoria, pero ahora parecía más real que nunca.

La música de la dolçaina y el tabalet nos hizo despertar del embrujo. Me cogió de la mano, como siempre hacía, y comenzamos a desfilar. Cuando llegamos al primer cruce mi cuerpo se detuvo y apreté con fuerza su mano.

- Estás preciosa – me dijo al oído mientras acariciaba mi brazo.

¿Cómo era posible que se acordara? Eran las palabras que siempre me lanzaba mi abuela desde aquella esquina, y después de tanto, a él no se le había olvidado. Volví a estremecerme al recordar cuantas veces me había susurrado lo especial que era y cuanto me quería. Antes de seguir caminando besó cariñosamente el dorso de mi mano y por un instante se quedó quieto mirando la marca que aún aparecía en el dedo anular.

- Ahora estoy bien – le dije mientras le devolvía el beso.

A cada paso que dábamos nuestras miradas se buscaban con la inocencia de los adolescentes. Recordé las risas en el Postiguet, los amaneceres en el racó a la espera de la despertà, los escondites en los que nos refugiábamos para crear nuestro mundo y hasta noté cómo un latigazo recorría mi cuerpo al revivir nuestro primer beso. ¿Dónde se había escondido todo aquello tanto tiempo?

Se encendieron las luces multicolores de la Rambla y la noche se hizo día para mí. Me aproximaba a la calle San José y comencé a sentir cómo me temblaban las piernas. La calle, estrecha, ayudaba a que la música me envolviera y me llevara en una nube a su encuentro, y mientras, a cada paso una nueva lágrima brotaba de mis ojos, y por cada una de ellas un recuerdo junto a mi abuela. Mi mente no dejaba de enviarme imágenes de una infancia feliz junto a ella, y respiraba emoción pura por cada poro de mi piel. Después de tantos años allí estaba de nuevo y no podía dejar de llorar. Cuando por fin levanté la vista allí estaba: Mi Madre, nuestra Madre.

- Aquí estoy como te prometí- pensé mientras tocaba el medallón que colgaba de mi pecho.

- Recuerda que los deseos se cumplen…- me susurró de nuevo mientras entregaba mi ramo de flores envuelta en lágrimas. Me quedé paralizada. Con dulzura volvió a cogerme de la mano y me llevó junto al gran catafalco floral mientras no dejaba de mirarme con unos ojos que parecían diamantes del brillo que desprendían . Puso una rodilla en el suelo y al verle un sudor frío invadió mi cuerpo. – Cada año he repetido la misma frase una y otra vez cuando venía a verla, y cada año deseaba con más fuerza volver junto a ti. – Su voz se quebraba por momentos .- Aunque no lo creas, mi corazón te sentía cerca aunque estuvieras lejos de mí y no he dejado de preguntarme por qué te dejé escapar. Aquí, bajo sus pies, deseo que no te marches nunca más de mi lado, que te conviertas en mi mujer. Deseo que seamos niños toda la vida.

Un mar de sensaciones inundó mi mente, había deseado tanto tiempo esas palabras que no sabia que contestarle. Le miré fijamente y le ayudé a levantarse. Por un instante dudé cómo explicarle lo que ocurría pero no pude.

Pasamos la noche juntos recorriendo todos los lugares de los que guardábamos un recuerdo, hasta llegar a nuestro rincón preferido. Me senté en la playa mirando fijamente el mar. El azul intenso del cielo se reflejaba sobre el agua y yo trataba de guardar cada segundo en mi memoria. Me quedaba tan poco tiempo para disfrutarlo que no quería perderme ni una sola ola. Jugaba con las manos sobre la arena, notando su tacto, dejándola escapar entre los dedos, como se escapa la vida, mientras el sol hacia acto de presencia. De pronto noté como me rodeaba por los hombros:

- Me pasaría toda la eternidad mirándolo junto a ti- dijo al mismo tiempo que retiraba un mechón de mi pelo para darme un beso en el cuello.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Al mirarle y adivinar en sus ojos el brillo del amor verdadero el mundo se me vino encima. Su boca se acercó a mis labios y aunque me moría por besarle mis dedos frenaron su impulso.

- ¿Qué pasa? – preguntó mientras me cogía cariñosamente de la mano.

Me acurruqué en su hombro buscando consuelo pero era imposible. Mi cuerpo se estremecía y lloré como un bebe ante la impotencia de contarle realmente lo que ocurría.

- No puede ser.

-Pero… no te entiendo ¿Por qué no puede ser? ¿Es por esto? – dijo con la voz entrecortada mientras señalaba la sombra que había dejado mi alianza.

- Estoy enferma.

- No me importa- me interrumpió mientras sus ojos se inundaban de lágrimas- Quiero estar a tu lado y lucharemos juntos pase lo que pase.

Su llanto me mataba lentamente. Como un niño, un sin fin de preguntas sin respuestas hacían más difícil aquel momento.

-Yo te quiero y te amo y he esperado media vida para dar este paso y ahora no me puedes dejar así- su llanto hondo no cesaba.

- Hoy he cumplido mis sueños, prometí a mi abuela que volvería a ponerme delante de nuestra Madre y me prometí a mi misma poder despedirme en paz del amor de mi vida.- Mis lágrimas manaban cada vez con más fuerza. – Tú has sido para mí el único y verdadero amor. No sabes cuantas noches he soñado despertarme a tu lado y cuantas me he despertado al notar tu aroma. No sabes los días que imaginé paseos por esta playa y atardeceres sobre el Benacantil contemplando el mar y disfrutando de la inmensidad del horizonte juntos. Días enteros preguntándome por qué me marché y años arrepintiéndome. Y ahora que te tengo aquí, dispuesto a recuperar el tiempo perdido, a cumplir mi sueño… ahora no puede ser. ¿Ves esto? – cogí un puñado de arena y la dejé correr entre los dedos. – Mi vida se escapa a la misma velocidad. No sé cuanto tiempo me queda, y no quiero hacerte sufrir, pero no podía marcharme de este mundo sin decirte a los ojos que te quiero.

De la mano avanzamos hasta el principio del andén. Sin mediar palabra apretó su pecho contra el mío. Los dos sabíamos que no volveríamos a vernos. Le miré por última vez a los ojos antes de marchar.

- No dejaré de amarte nunca. Eres la mujer de mi vida, y aunque no estés aquí, como los últimos diez años, estarás más presente que nunca, y en mi memoria seguiremos siendo niños para toda la vida.

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