Simplemente Hogueras

Escrito por Arena en mayo 29th, 2011

Suena el despertador. Son las ocho de la mañana. Por primera vez en mucho tiempo estoy destapada al despertarme. Una voz familiar me dice que hay 24 grados en la calle, y mientras escucho las primera noticias del día, repito la rutina diaria: ducha y ropa para ir al trabajo.

Aunque el calendario no pasa de la primera quincena de junio, hoy empiezo las vacaciones de verano, y salgo de casa más animada de lo normal.  De camino a la emisora recuerdo aquellas mañanas en las que, mientras esperaba el bus para ir al instituto, observaba la transformación de Alicante al acercarse el 20 de junio.  Poco a poco las luces iban engalanando las calles, las piezas de cartón piedra esperaban la noche de la plantá, e incluso, una vez en el autobús,  comprobabas  cómo se vestían de fiesta los rincones más céntricos. Mañanas especiales en las que no importaba la hora a la que te  habías acostado la noche anterior colgando banderitas de farola en farola, y en las que sólo pensabas qué te faltaba para el desfile del ninot o si había que preparar cosas en el racó.

Aquellas eran mañanas sin muchas preocupaciones. Con el curso prácticamente acabado, los madrugones te servían para ver cómo se trabajaba en los monumentos de la categoría especial más que para repasar apuntes de clase. Mañanas que se recuerdan con cariño y que vienen a la memoría cuando hueles a pólvora o escuchas un pasodoble festero.

Y si a lo largo de las mañana podías hacer un collage de imágenes festeras, las noches eran un festival de luz, color y sonido. Sí, también sonido, porque aunque no había grandes orquestas ni discomóviles, los jóvenes abríamos los oídos para atender a todas las conversaciones. Como si fuéramos esponjas nos acercábamos a un grupo y a otro con la simple intención de aprender a hacer fiesta. Lo mismo valía la información sobre las mesas que quedaban libres en el racó, que la manera en la que se plantaba el monumento. Aunque sin duda,  éstas últimas eran las mejores.

De hecho, creo que si alguien me pregunta por el mejor momento de las Hogueras, sin duda, diría que la noche de la Plantá. A lo largo de los años he vivido noches eternas en las que asombrada veía a constructores escalar por el interior de las figuras centrales de los monumentos. Noches en las que aprendí como la lluvia puede amargar el trabajo de todo un año. Noches en las que cenábamos bocadillos sentados en la acera esperando a poner los adornos cuando el trabajo estuviera hecho. Pero, ante todo, noches que en las que compartías la esencia festera junto a una coca amb tonyina.

Cruzo la puerta del mercado municipal y afronto la última jornada de trabajo antes de las vacaciones veraniegas. Han llegado las Hogueras. Quizá ahora con más preocupaciones, quizá ahora con más responsabilidades, pero como siempre, unos días en los que todos nos volvemos un poco nostálgicos y disfrutamos  recordando aquellos momentos en los que nos divertíamos sin mirar relojes y con la única intención de ser felices.

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